Capítulo III: La búsqueda
Días más tarde, la luna brillaba sobre Panthracus, lo guiaba hasta los bosques de Nix. Cuando la ciudad donde su esposa se asentaba con su hijo se asomó por el horizonte, el clérigo no se pudo contener y decidió ir hasta el pueblo pesquero de Nix a acariciarla, tocarla, besarla y abrazarla. Cruzó en la oscuridad la puerta de entrada y caminó sin detenerse hasta su casa, llegó y abrió la puerta lentamente, en silencio, llamó a Adhaíl pero nadie contestó; su niño lloraba y no cesaba de hacerlo, nadie acudía a su llamado. Panthracus subió las escaleras en busca de su hijo, en busca de su amada, llegó arriba sin ver más que sombras… un escalofrío recorrió su cuerpo, las persianas golpeaban contra la pared, se abrían y se cerraban a merced del viento, bailaban al compás del llanto del pequeño. Panthracus llamó a su amada, y comenzó a asustarse, su corazón se aceleró, sintió que alguien lo observaba, sintió que desde atrás cientos de hombres se regocijaban, sintió que su mundo se desvanecía al ver la habitación desordenada extrañamente. Miró hacia atrás rápidamente, y con la luz de la Luna se iluminaba unas palabras escritas con una daga en la pared
“Si buscas a tu amada, no está aquí, vete al Este y busca la puerta al abismo, lleva la caja si quieres recuperar a tu chica”
Era todo lo que el mensaje decía, las lágrimas de Panthracus no dejaron de caer y acompañaron a las de su retoño. Tomó entre brazos a su hijo y lo dejó en el templo, salió rápidamente en un barco hacia el Este, en búsqueda de su amada.
Días más tarde un desanimado clérigo pisaba las tierras resplandecientes de Illiandor, preguntaba por doquier por “El abismo” pero nadie sabía responderle; al borde de la desesperación, sintió que un hombre lo llamaba entre la multitud
-Panthracus, Panthracus…
-¿Quién eres, qué es lo que quieres? ¿Sabes dónde se encuentra el abismo?
-Tranquilo Panthracus cálmate, soy yo, Émrik ¿Me recuerdas?
-¿Émrik…? Émrik…. ¡Sí me acuerdo de ti! Me salvaste semanas atrás en Ullathorpe.
-Así es, ¿Qué ha pasado Panthracus? Te encuentras desolado, no veo tu fe interior, pareces abandonado, solo y desolado. Esa chispa que en ti veía se ha desvanecido, sólo encuentro en ti pena y desgracia…
-Compañero Émrik, estoy buscando fervientemente “el abismo” ¿Sabes dónde está?
-Panthracus buscas algo tan desconocido como la razón de la vida, lo que buscas no lo hallarás preguntando, debes venir conmigo a mi casa.
Y dicho esto, guió a Panthracus hasta su casa, lo alimentó y dejó que descansase un tiempo. Cuando se levantó, Panthracus pudo apreciar un poco más la casa, estaba compuesta por tres habitaciones, una era un baño, otra la habitación de Émrik y otra era la de huéspedes. Además poseía un comedor con una mesa redonda y algunos muebles, también un pequeño sector pertenecía a la cocina que no era comúnmente usada; entre los objetos de valor se encontraban ropas, instrumentos musicales y objetos varios que seguramente habían servido como pago al bardo por sus servicios.
-Veo que ya estás mejor Panthracus.- dijo una amigable voz detrás del clérigo
-Sí Émrik, muchas gracias
-Escucha Panthracus, ¿Sabes qué es exactamente lo que estás buscando?
-No… sinceramente no lo sé
-Buscas la unión de la tierra y la oscuridad del inframundo, buscas un sector en medio del mundo de los vivos y las tierras del Demonio, buscas la zona denominada como “El abismo”. Esta zona es relatada por muchos, pero vista por pocos.
-No importa Émrik, debo encontrarla, mi amada depende de ello.
-Panthracus… ¿Qué ha pasado? Cuéntame.
-Verás, yo llevaba un pequeño cofre conmigo ese día cuando nos vimos, tenía que examinarlo pues lo había encontrado en Nix, donde me había mudado tiempo atrás. Ese cofre, resultó ser El cofre del destino- Émrik abrió los ojos de par en par y escuchó a Panthracus bien atento dejándole continuar para no atrasar la historia, aunque sus preguntas estaban por salirse de su boca- Bien, se suponía que debía llevarlo a la ciudad de los elfos cercana a Nix, pero mi anhelo de ver a mi querida Adhaíl fue tan grande que no me resistí a entrar en mi casa. En ese momento… el terror… mi amada no estaba, mi hijo lloraba, un oscuro mensaje me indicaba que buscara en el Este “el abismo” y que llevara el cofre si es que quería ver a Adhaíl. Pues bien, vine hasta aquí buscando ese abismo, pero temo que no lo he encontrado.
-Es lógico Panthracus. Yo puedo llevarte hasta él, pero no entraré allí Panthracus, los que entran generalmente no salen y tu causa está perdida, lamento decirlo. Si te llevas el cofre, condenarás a las razas a la extinción y lamentablemente no puedo permitir que hagas eso.
El clérigo observó como la mano del bardo se mantenía estirada, buscando una rendición incondicional del clérigo.
-Búscate otra excusa para quedarte con el cofre, Émrik, pues me voy al abismo, te guste o no te guste.
-Como gustes Panthracus- el bardo golpeó fuertemente en la cara al clérigo, quien reaccionó sacando su mazo- ¡Vamos Panthracus, el cofre no puede caer en al oscuridad, piensa razonablemente!
-El amor no hace pensar razonablemente, Émrik y tú parece que nunca has amado- el clérigo golpeo con el mazo en la boca del estómago al bardo quien cayó sobre la mesa del comedor pero giró sobre esta para quedar del otro lado
-¿Qué no he amado? ¡Tú no sabes nada! ¡Uita Subtrahere!- Un vórtice se abrió y miles de almas atacaron a Panthracus quien no podía aguantar los lamentos de las mismas- ¡Ríndete Panthracus, el lamento de estas almas destruirá tu cuerpo por completo y te matará de forma lenta y siniestra!
El clérigo alcanzó a pronunciar un par de palabras y luego gritó con todas sus fuerzas
-¡Esencias del otro mundo, nada tenéis que hacer en este lado del portal, volved al vórtice y atravesad sus miedos, atravesad la puerta que les impide descansar en paz, pues ahora están bajo el manto de Barrin, el dios creador, y como mensajero del mismo, los declaro libres!- y dicho esto, las almas lo abandonaron y nunca regresaron.
-¡¿Qué has hecho maldito religioso?!- rugía Émrik- No importa, has de morir, de una forma u otra- y lo atacó con sus nudillos.
El clérigo esquivó los ataques y golpeó con la maza la cara del bardo quien cayó al suelo ensangrentado.
-Nada sabes tú Émrik, pues lo que se puede hacer por amor a una persona es algo inexplicable.
-¡¿Crees que no lo sé?! Vendí mi cuerpo por la mujer que amaba, mis servicios estuvieron a disposición del dueño de la taberna donde ella trabajaba para pagar las deudas del padre. Trabajé arduamente con ella en busca de su libertad, y cuando finalmente la conseguí, se fue con otro hombre dejando a su padre en la ruina y sin un centavo… murió semanas después en mi regazo.
El clérigo se paralizó al ver las lágrimas del bardo mientras contaba el relato.
-Yo- continuó el bardo- sé lo que se puede llegar a hacer por amor, lo viví en carne propia, pero tengo sentido común Panthracus, si llevas ese cofre allí condenarás a todas las razas. Pero me has vencido y tienes derecho a hacer lo que gustes…
-Yo…- no pudo seguir la frase, nada tenía para decir
-Escucha, si quieres llegar al abismo di el siguiente rezo- y le extendió una maltrecha hoja de papel de su mochila- Panthracus, respeto lo que hagas pues a ti te respeto, eres un buen hombre… Ahora vete, di el rezo frente a las costas de Illiandor y cuando veas una parte del agua brillar, lánzate de cabeza contra ella y luego…- comenzó a quedarse inconciente
-Luego qué Émrik… ¡Émrik!
-Que tu corazón te guíe Panthracus… sólo él te permitirá salir de allí- y dicho esto, se ahogó en su propia sangre.
-Descansa en paz noble guerrero, ve con tus seres queridos
Panthracus envolvió el cuerpo de su amigo y lo recostó en la cama para que lo enterrasen cuando lo encontraran, partió dejando la puerta de la casa abierta y avisó a un guardia que había escuchado ruidos en las cercanías para que encontrase el cadáver. Luego se dirigió a las costas de Illiandor, dispuesto a encontrar a su amada Adhaíl.
Capítulo IV: El abismo
Llegó Panthracus a la orilla y comenzó su rezo, grandes sus palabras fueron y llenas de sabiduría, estas permitieron que una luz se asomase desde el fondo del agua. Sin dudarlo, el clérigo se zambulló en el agua y entró en una zona opaca, llena de gris y negro, un negro violáceo, un negro áspero. Cuando terminó de caer entre la oscuridad, impactó contra un rasposo suelo, pura tierra en un lugar desolado y lleno de oscuridad, era una oscuridad extraña, pues Panthracus podía ver bien, pero todo era negro, cada pedazo. A medida que avanzaba, algunas figuras emergían repentinamente, como si siempre hubiesen estado allí, pero parecían estar hundidas entre tanta oscuridad.
El clérigo avanzó mientras en sus oídos retumbaba una voz familiar que le decía “Bien hecho, dame la caja ahora y llévate a tu chica…” y se repetía cada diez segundos, constantemente. Llegó así a una montaña, o lo que parecía ser una montaña, no podía distinguir bien, caminó hasta ella y vio que una cueva invitaba al clérigo a pasar; dentro, una plataforma singular muy grande en el interior de la montaña; allí nada veía el clérigo, pero algo presentía.
-Salve, Panthracus, hijo de Élabron y Arzón- dijo una voz que el clérigo recordaba de algún lado- bienvenido a mis dominios.
-¿Quién es el que me habla? Muéstrese- respondió Panthracus.
-Trátame con respeto ingrato, ¿has perdido tus buenos modales desde aquella vez en Ullathorpe?
Panthracus se quedó duro, ahora recordaba quien era, era… era…
Todo se iluminó, y, entre el negro lugar, unas personas esperaban sentadas, un viajero con capa se mostraba frente al clérigo, viejo y llamativo, con un bastón en su mano derecha y una confianzuda sonrisa que inquietaba a cualquiera.
-¡Tú! Eres el viejo de Ullathopre, el que sólo existía en mi mente, entonces estoy soñando…
-Me sorprendes Panthracus, un hombre tan sabio como tú diciendo semejante disparate, no estás soñando y no soy de tu mente soy tan real como tú lo eres en este mundo. Es más, toma- dijo arrojando un trozo de pan mordido, Panthracus lo observó detenida y sorprendidamente- Es el pan que me ofreciste allá en Ullathopre, semanas atrás, mira que bien que se ha conservado.
-Esto no puede ser… real…
-Sí lo es Panthracus, sí lo es y tú estás dentro de esto al igual que yo y los demás seres
-¿Seres?- preguntó el clérigo sin entender ni dónde estaba
-Sí Panthracus, pues verás, este mundo no posee personas, sino seres… esencias, ¡Almas! Si así lo prefieres. ¿Sabes tú en dónde te has metido?- no hubo respuesta- ¡Te has metido en mis dominios!
Una onda negra salió del viejo y tumbó a Panthracus, un fuego inextinguible se generó de los dedos del anciano y salió verticalmente por un agujero en la punta de la montaña, pero… no era una montaña sino un enorme volcán. El fuego, ahora vivaz, entraba por la abertura de la cueva detrás de Panthracus, lo rodeaba y luego caía en el foso que rodeaba a la plataforma circular. En eso, millones de agónicos gritos salieron del fondo del foso y el clérigo pudo apreciar a las almas en pena, las almas varadas que no podían acceder a ninguno de los mundos de los muertos; no podían acceder al Demonio o al dios creador, estaban a merced del cruel destino. Recordó entonces a su muerto amigo Émrik, quien había llamado a estas almas, seguramente desde aquí y seguramente por ello conocía el abismo.
-¡Bienvenido al abismo Panthracus! ¡Bienvenido a tu peor pesadilla!- más luz iluminó la sala y una figura apareció detrás del viejo, era Adhaíl.
-¡Adhaíl! ¿Estás bien?- exclamó Panthracus
-Sí amado, aquí me encuentro, derrota al anciano, yo sé que eres capaz de hacerlo- murmuraba tristemente la muchacha
-Tierno- decía el viejo- muy hermoso Panthracus, pero debiste haber pensado antes de tomar dicho cofre, ahora entrégamelo y llévate a la chica, no quiero matarte ni volver a verte.
-¡No lo hagas!- exclamó Adhaíl con fuerza renovada- Sé que si haces eso el mundo como lo conocemos acabará, entrega el cofre a los elfos Panthracus ¡Vete de aquí!
- No Adhaíl, te rescataré y luego entregaré el cofre así me cueste la vida, no debe ser tu sangre derramada por mi culpa…
-¡Panthracus, no!
-¡Silencio!- dijo el anciano retumbando todo el volcán- Panthracus si no me quieres entregar el cofre te lo quitaré a la fuerza.
-Estoy esperando, anciano…
El viejo movió sus brazos de forma sistemática y conjuró las palabras “Ignîs Xar”, una ráfaga se dirigió al clérigo y quemó su cuerpo lentamente. Este reaccionó rápidamente y pronunció las palabras “Nihil Vital” recobrando parte de sus fuerzas y curando sus heridas.
-Veo que no será fácil- dijo el anciano riendo.
-Pero será rápido, ¡En nombre de Barrin! ¡Entenath Fir!- las flamas inundaron al anciano y lo consumieron hasta que desapareció. Unos segundos del silencio y este se volvió a formar mágicamente.
-¡No puedes matarme Panthracus, si lo haces, vuelvo aquí, este es mi mundo nada puedes hacer para vencerme!- dijo el viejo riendo y haciendo temblar el suelo- ¡Nihil Mortem!
La implosión tumbó al clérigo de espaldas y lo dejó dolorido en el suelo, tomó su mazo a unos metros de él y corrió a golpear al maldito anciano. Sin embargo éste lo esquivó con gran maestría y lo golpeó con el bastón un par de veces, una en la cabeza y con la punta del mismo en el estómago; cuando Panthracus intentó una rápida recuperación, la mano del viejo se colocó en su cabeza
-¡T’hy Koool!- la descarga despidió al clérigo varios metros hacia atrás, cerca del foso, donde ahora había un fuego constante formado por almas quemadas por la magia del anciano, un espectáculo horripilante
- Ríndete Panthracus, nada tienes que hacer contra mí, debiste haberte quedado en casa ese día, ¡Nunca debiste haber nacido!
-¡Púdrete en tu abismo!- gritó el clérigo poniéndose de pie rápidamente- ¡Uuere Ferethiele!- una luz se incrustó desde arriba a través de la piedra del volcán, y otra luz y otra más; varias luces ingresaban en el abismo y apuntaban directo al anciano. Cuando llegaron a éste, el viejo las absorbió mientras reía a carcajadas diabólicas y despidió la energía en forma de aura que volvió a tumbar al clérigo.
-¿Conforme ya Panthracus? ¡Ríndete y entrégame la caja, o sufre las consecuencias de una eterna vida entre la nada!
El clérgio se puso de pie, se apoyó en su martillo y dijo
-Y tú prepárate, porque no habrá redención para ti- tomó aire y comenzó- ¡BAAARRRRIIIIINNNNNNN!- la tierra tembló, las almas se asustaron y el viejo dejó de reír
-¡Todo poderoso dios creador, que has hecho con tu humildad cada fibra de este mundo, cada esencia se encuentra plasmada por tu mano creadora, ayuda a tu fiel servidor Panthracus, dame la fuerza necesaria para que pueda vencer a la oscuridad de este inmundo ser que no merece ser siquiera observado por tu grandeza, ayúdame ahora, te lo ruego, ayuda a tu servidor, has que pueda vencer a la oscuridad y librarme del abismo en el que estoy sumido!- y ante tal acto de fe, el volcán comenzó a temblar nuevamente, otro grito ahogado del clérigo terminó el canto y detuvo el temblor… Nada más sucedió.
-Vaya pues- dijo el anciano más tranquilo- debiste haber tomado cursos de rezo.
Pero Panthracus no respondía, no se había movido
-Arkârk Leom’anduma- murmuró el clérigo y un rayo de luz chocó contra su rostro en forma espontánea e iluminó todo el volcán, lo lleno de paz y comenzó a quemar al anciano.
La luz fue consumida por el clérigo y luego la disparó formando una esfera lumínica que se dirigió al viejo.
-Tú- dijo éste- Barrin… ¡Te has apoderado del cuerpo del clérigo!- el viejo enfureció- ¡Al fin te tengo maldito, tú eres el culpable de mis desgracias, tú y nadie más que tú!- y dicho esto saltó hacia les esfera, que tomó un color rojo y negruzco.
De Panthracus, la continua luz que salía de su boca se agrandó y sobre el grito agudo pero constante del viejo, la esfera se convirtió en rayo y éste iluminó la zona hasta desaparecer. El clérigo se recuperó y vio como un humo negro fino ascendía hasta el hueco del volcán…
-Maldito eres, Panthracus, por esto tu alma no tendrá paz, morirás aquí y ni siquiera tu dios podrá salvarte, ¡Eso te lo juro!- y nada más se oyó.
El clérigo se acercó a su amada que le sonreía.
-Lo has logrado mi amor, pero no hay tiempo para festejos- gimió, mientras que se tomaba el estómago con dolor, el clérigo notó que se había clavado una daga- Debes llevar este cofre a los elfos de Transwaksil, en Nix ¡Pronto!
-Adhaíl, ¡¿Qué has hecho?! ¿Por qué te has atravesado con una daga? ¡Déjame curarte!
-¡No, mira!- dijo señalando un portal que se abría y mostraba las praderas de Illiandor- Si quieres huir debes hacerlo ahora, el portal necesita una ofrenda de sangre constante para mantenerse abierto, no hay otra forma de salir de aquí.
-Pero… ¿Cómo lo sabías?- preguntó él al borde del llanto
-Sé más de lo que tú crees, Panthracus Alderion, hijo de Élabron y Arzón- y lo besó apasionadamente mientras que él la abrazaba- Ahora vete que nuestro amor vivirá por siempre, no importa dónde estés.
El volcán comenzó a temblar, todo retumbaba, el clérigo corrió hacia el portal, los caminos se cerraban, no miró nunca hacia atrás. Las rocas comenzaron a caer, las almas incendiaban el lugar y éste estaba a punto de explotar. Una explosión se escuchó detrás del clérigo, las lágrimas se le escaparon y el fuego cruzó a su lado burlonamente.
Panthracus brincó hacia el portal con el cofre en sus manos, atravesó el mismo y parte de sus brazos, y fue alcanzado por la explosión.
Nada recordó, todo negro se volvió. Lo siguiente que divisó fue a su amada Adhaíl que lo llamaba con las manos, le sonreía, la luz era lo único que se observaba en ese pacífico lugar. Con un beso y un abrazo, el encuentro estuvo cerrado.
Una agradable tarde dos pequeños gnomos caminaban y reían mientras andaban por las verdes praderas de Illiandor. Uno de ellos reparó en un pequeño cofre en un arbusto, tiró con fuerza, pues estaba enredado al mismo. Cuando lo sacó, intentó abrirlo pero no podía pues algo se lo impedía, probablemente magia. Alegres por la fortuna, los gnomos se alejaron sin ver dos brazos de un humano enredados entre los arbustos, no vieron los brazos de Panthracus, simplemente se llevaron el cofre lejos, nadie sabe donde. Sólo se sabe, que nadie volvió a verlo otra vez, ni a él ni a la familia de Panthracus, salvo su hijo, actual consejero de Banderbill, nunca conoció a sus padres, quienes desaparecieron una fría noche en aquél pequeño poblado de Nix y nunca regresaron. El único que tenía la respuesta a las preguntas de su hijo, Émrik Salfawara, yacía bajo tierra en el cementerio de Illiandor, sin que nadie dejase una rosa por él, ni siquiera la amada por la que había brindado sus servicios, pues yacía a su lado, al haber sido asesinada en una taberna una oscura noche de verano.
“Los amores siempre se encuentran, a veces de forma inesperada o tarde quizás, pero un amor nunca puede separarse de su ideal por mucho tiempo, pues algo místico los une y los mantiene firmes hasta el fin de los tiempos…”
Tomo: La Fe y el amor, Panthracus,
dos años antes de su desaparición.