Buenas, es la primera vez que estoy escribiendo una historia, me dieron ganas luego de leer varios relatos muy creativos. Mi idea es hacer un cuento largo y dotarlo, de alguna manera, de un sentido filosófico o con algún tipo de moraleja.
Espero que les guste (hasta ahora escribí los dos primeros capítulos nada más) y por favor, remárquenme los errores que tenga (ya sean gramaticales, sintácticos) o simplemente desviaciones que obstaculizen la fluidez de la lectura (ejemplo: creo que algunos detalles son inncesarios, pero los puse igual y voy a ir viendo como me desenvuelvo de ahora en más). Esto es sólo el inicio.
Gracias y saludos.
Prólogo
Siempre me pregunté cuánto de innato tenemos en nosotros mismos. Cada persona tiene sus propias aptitudes, virtudes, sus propios defectos, una inteligencia, una forma de ser y una fisonomía en particular, entre tantas otras cosas que lo hacen único. Pero ¿por qué somos de determinada manera y no de otra?.
Yo creo que al nacer uno está sentenciado (por decirlo de alguna manera) a tener que desarrollarse dentro de un marco más o menos amplio y que durante la vida uno va modificando esos aspectos medianamente estipulados desde el seno materno. El problema es establecer en qué proporción uno puede, teniendo determinadas vivencias, salirse de ese contexto inherente que ya está establecido.
¿Cómo es que el hijo de un carpintero ignorante puede terminar siendo un épico pensador o, asimismo, el hijo de ese gran sabio, ser un basto guerrero de un imperio?. En mi opinión, cada momento vivido, por más insignificante que parezca, puede cambiar nuestro rumbo hacia cualquier parte. El hecho de que vivir un momento pueda condicionarnos más que vivir otro, depende justamente de la percepción que tengamos de ese momento. ¿Y cómo es que esa percepción de las cosas varía dentro del mismo sujeto?, la respuesta anterior responde esta pregunta: porque cada momento vivido nos modifica, modifica la percepción que tengamos a partir de cada instante próximo a ese.
En la niñez uno no tiene esa percepción completamente formada (y de hecho nunca termina de formarla) por lo cual al haber pocos momentos vividos (más preguntas y menos respuestas) cada nueva vivencia lo condiciona más a uno. Cuando el sujeto crece, su vida está más llena de momentos pasados que, siendo o no recordables, alteraron su forma de ver las cosas. De esta manera, uno fue formando una percepción determinada, por lo cual ahora ya tiene un método para advertirlas y distinguir entre qué le interesa o le llama la atención y qué no. Así, los momentos vividos durante los primeros años pesan mucho más sobre las características tanto internas como externas que uno posee.
A medida que uno vive más y más cosas, cambia cada vez menos esa ya más forjada forma de ver la realidad por lo cual con el paso del tiempo uno se hace y se acepta de determinada manera, pues ya no puede seguir cambiando con tanta solidez. Y los cambios suelen ser tan paulatinos que uno no se da cuenta de quién es hasta que zocaba en los más ínfimos rincones de su mente, donde están aquellos recuerdos felices, aquellos recuerdos que no llegaron a serlo y aquellos recuerdos que no quieren ser recordados. Pues entonces la vida no es más que una constante y dialéctica improvisación dentro de una realidad percibida de determinada manera.
Por obvias que puedan sonar estas conclusiones, en la práctica es casi imposible divisar cada una de las circunstancias que llevan a uno a ser como es, a pensar como piensa, a actuar como actúa, etcétera. Por lo general, uno sabe qué momentos o qué experiencias lo marcaron más en la vida y por las cuales uno responde de una manera y no de otra. El problema radica en que no hay reglas generales para estipular en qué caso concreto, determinado hecho condicionará de la misma manera a cualquier persona. Es decir que ante estímulos similares, cada persona sentirá, pensará y actuará de manera diferente a cualquier otra. Cada hecho puede ser similar, pero cada percepción de ese hecho es única.
Uno puede preguntarse: ¿qué hay de trágico (toda pregunta sin respuesta lo es) en no poder advertir cada una de las circunstancias que formaron (y van formando) nuestra personalidad?. Y es que realmente no hay nada de trágico siempre y cuando, uno conozca cómo es (sus aptitudes y debilidades) al momento de responder; y a su vez, que uno se sienta conforme con esas aptitudes y debilidades.
Uno no debe mentirse a si mismo, la incomodidad que pueda llegar a sentir no va a modificarse si uno no acepta primero cómo es.
Aún se vuelve más dificil el asunto, cuando uno siquiera se interioriza en si mismo y cree que es capaz de hacer lo que sea. Cualquiera sean los orígenes de este desconocimiento o inconformidad, el primer paso es advertir cada una de las causas que generan en uno sus inseguridades.
Entonces, ¿qué es lo que busca uno conociéndose a si mismo completamente? Descubrir por qué uno percibe así la realidad y, ergo, lograr que esa improvisación constante de la que se trata la vida, deje de serlo.
Hay que recordar que cuanto más tiempo se pase anhelando desprolijamente lo que uno no es, o haciendo oídos zordos a la voz de su razón, más dificil será para uno manipular e interpretar su realidad.
Introducción
Desde chico soñaba con un mundo en el cual uno pueda vivir en total armonía con los demás. Será que las constantes guerras entre el Imperio y las fuerzas anarquistas del Caos (como se los llama) enfadaban a mis padres y generaban en mi pueblo una suerte de depresión social, la cual yo veía como una realidad tan aferrada, como dificil de modificar.
En la ciudad en que viví una gran etapa de mi vida, hablar de guerra, fin de los tiempos y del Imperio era algo muy común. Cada seis meses llegaba un barco custodiado por la Armada Real que traía las últimas noticias, que siempre parecían ser malas y ocultar una realidad peor. Era un momento de constante alboroto en el pueblo de Nix, ya que durante varios días la ciudad estaba atestada de transeúntes (fácilmente reconocibles por los nativos), guerreros, prostituas que buscaban asegurarse el dinero necesario para subsistir durante los próximos seis meses, y las personas más despreciables: los comerciantes.
Recuerdo que mi madre solía repudiar estas reuniones, y como si yo no lo notara, me obligaba a estudiar durante un tiempo más prolongado, sin ningún tipo de pretexto visible más que mantenerme alejado de lo que ella llamaba escoria humana.
Mi madre era una maga del Imperio. La mayor parte del día ella se la pasaba leyendo, escribiendo y reflexionando bajo el más impetuoso de los silencios. Mi padre, por su parte, era un allegado al Consejo Superior de Banderbill, por lo cual solía viajar durante casi todo el año. No obstante esto, no puedo decir que mi padre no aportó su parte en lo que a mi educación y bienestar respectan: cada vez que se comparecía en nuestro hogar, lo hacía con una sincera sonrisa en su rostro y trayendo siempre enormes sacos de oro a cuestas.
Recuerdo que la estadía de mi padre en mi casa solía ser corta, de dos o tres días como mucho y luego se preparaba para partir y ausentarse durante varios meses nuevamente. A pesar de las constantes guerras entre el Imperio y los hombres caóticos, Nix solía ser una ciudad muy segura, custodiada por guardias Reales de alta jerarquía. No obstante y sin mi padre en casa, como cualquier otro niño de catorce años, solía sentir miedo.
Capítulo I: Un antes y un después.
Una tarde de invierno, yo estaba leyendo uno de mis libros de literatura cuando escuché golpear a la puerta. Me acerqué hacia el salón y miré a mi madre, que me hizo un gesto como para que abra. Abrí, miré y no había nadie. De pronto escuché una voz ronca.
-Aquí abajo. Mi nombre es Seil tengo hambre y frío, ¿podrías dejarme entrar para recuperar mis energías?- preguntó.
Era un enano, se lo notaba cansado, muy sucio y algo herido. Tenía sangre en su cuello y su frente parecía sumergida en traspiración. Pronto deduje que recién había batallado y que seguramente pasó por Nix casi de imprevisto ante la dura batalla. Sin quitarle la vista de los ojos, le dije que pasara, que no habría ningún problema en auxiliarlo. Miré a mi madre esperando que aprobara mi acto (o lo rechaze) pero ella permanecía ahí, estática. El hombre, muy agradecido, entró a lo que él llamó "una envidiable morada".
Luego de un baño y algo de comida, su figura ya no era deplorable, sino más bien admirable (teniendo en cuenta la primer impresión que tuve al verlo). Mientras Seil desenfundaba y limpiaba sus armas (único momento en el que vi a mi madre observar de reojo la situación), yo tocaba melodías con mi laúd. Como ya dije, el hecho de que mi padre no estuviera en mi casa me daba algo de miedo, y al ver al extraño bruñir sus armas con tal idoneidad, mi aplacado miedo tomó vida (aunque no dejé hacerlo notar). Pasó el día y luego de la cena me recosté.
Ya era madrugada, la luna llena brillaba esplendorosa y mis ojos se cerraban al compás de la apacible llovizna. Casi en un sueño de esos en los que la realidad se entremezcla con el inconciente y uno no sabe bien en qué parte del espacio se encuentra, escuché un suspicaz ruido, que me hizo saltar pavoroso de la cama. Tomé valor, fijé en mi mano unos nudillos que mi padre me había obsequiado y me dispuse a examinar la sala. Abrí la puerta, todavía algo temeroso y una gran mano tomó con fuerza mi cuello, dejándome casi inmóvil y aún más asustado. Obviamente era Seil, que con su voz ronca y mientras sus fuertes dedos se incrustaban contra mi gaznate gritaba
-Ja ja, niño imbécil, tu confianza y benevolencia quedarán enterradas con tu cadav...-Todo se detuvo.
La perplejidad de la situación me daba aún más miedo. No podía moverme, no podía pensar: cerré los ojos esperando ser estrangulado cuando de pronto escuché la voz atónita de mi madre, seguido de un esplendoroso estruendo cuya energía, sentí, turbaba mi cuerpo. Caí rendido esperando morir y a mi lado, caía inmóvil y desfallecido el cuerpo de Seil. Cerré los ojos.
A la mañana siguiente desperté en mi habitación, con mucho dolor en el cuerpo y unas heridas superficiales que no eran nada comparado con mi sueño en el que moría. ¿Qué había sucedido?. Todo era confusión y agotamiento, y queriendo recordar más allá de lo relatado, me sorprendió la figura de mi madre. Sus ojos me miraban fijos. Sin duda ella había tenido algo que ver en lo ocurrido. Recordaba su voz pero no sus palabras. Abrí la boca entre semblantes de dolor y le pregunté qué había sucedido. Mi madre sonrió casi alegremente.
-Seil era un gran guerrero, pero su ideología y sus últimas palabras no me agradaron- expresó.
La sorpresa obstaculizó mis deducciones.
-¿Era?. ¿Sus últimas palabras?. ¿Acaso mataste a Seil?- pregunté, casi retóricamente.
Todo era obvio, pero no estaba en condiciones de creer que mi madre, tan tranquila y aparentemente inofensiva había asesinado a tal guerrero. Nuevamente su aguda voz se hizo presente.
-Osi, en este mundo uno tiene que saber defenderse. Eres inteligente y en una discusión de palabras podrías haber ganado, pero la guerra es todo un arte y nadie está excento de peligros, más aún habiéndo denotado tanta indulgencia al abrirle la puerta a ese miserable- Expresó con razón.
Seguía sin saber qué había pasado, pero tampoco me creía en condiciones de entenderlo. Estaba sorprendido por las palabras de mi madre, pero más aún por una fuerza mágica que no conocía y que deseaba descubrir.
-Ahora descansa, estás agotado- dijo mientras volteaba y me dejaba sólo nuevamente.
Mi cuerpo todavía sentía los vestigios de esa lucha. Así, tomé mi laúd y mientras mis dedos interpretaban una suave melodía, mi mente, inquieta, anhelaba conocimiento.
Capítulo II: El inicio.
Pasaron algunos meses luego de lo acontecido. Mi vida no había cambiado en lo más mínimo, solamente mi forma de ver las cosas era ahora algo diferente. Comprendía (o creía hacerlo) lo que significaba realmente presenciar una batalla, el vértigo, la fuerza bruta. Analizé la situación muchas veces, si Seil me hubiera matado sin perder tiempo en hablarme, si yo hubiera estado dormido: ¡cuan delgada es la línea que separa a la vida de la muerte!.
Estaba en mi habitación escribiendo en mi diario cuando la figura de mi madre apareció detrás mío.
-¡Madre!, ¡qué susto!- exclamé casi instantáneamente.
-Perdóname Osi, no era mi intención asustarte. Quería recordarte que tu padre llegará hoy al atardecer. Hablé con unos amables caballeros recién que se acercaron aquí, a pedido de tu padre, para avisarnos que él y sus acompañantes Reales están cerca de las costas y vienen en camino.- Me comentó.
Que mi padre llegara a casa era todo un acontecimiento. Siempre traía regalos y noticias acompañadas de su buen humor.
-Osi, ¿quieres salir a pasear?- Preguntó con tono alegre.
-Pero madre, hoy el pueblo está atestado de gente, están llegando los soldados del Rey. La ciudad debe estar llena de peligros...- Respondí.
-Osi, creo que ya estás preparado para afrontar situaciones difíciles, tu valentía aquella noche lo ha demostrado y creo que tu padre y yo te hemos educado y protegido lo suficiente.-
A partir de ese momento comprendí que el miedo más grande de una madre es que su hijo corra algún tipo de peligro. Sin dudas ella también se sintió siempre algo desprotegida sin mi padre en casa y era un temor que ella pretendía ocultar con su fría serenidad. Ambos salimos a dar un paseo por el pueblo.
Nix fue siempre un lugar tranquilo, los nativos del lugar convivimos en total armonía. A mi me conocían todos debido a que yo era el hijo de uno de los paladines más poderosos de la Armada. Pasamos un largo rato recorriendo las costas y la iglesia mientras mi madre (que miraba fija y crudamente a cada persona que se nos acercaba) me contaba historias de cómo ella y mi padre se habían conocido y de sus aventuras cuando eran más jóvenes. De pronto un anciano que parecía no estar en sus cabales, comenzó a vociferar.
-¡El fin está cerca!. ¡El Imperio caerá agotado ante la República!. ¡Ya falta poco para derrocar al Rey!.- Gritaba.
El hombre se acercó a mi madre y mientras yo me interponía para defenderla, ella dijo dos palabras que no entendí y el hombre quedó completamente inmóvil. Dos guardias llegaron en un abrir y cerrar de ojos y se llevaron al hombre cuya mirada de delirante denotaba su imposibilidad para desplazarse. Instantáneamente volvió a mi memoria la imagen de susto, casi idéntica, de Seil y su incapacidad para seguir estrangulándome.
El sol cada vez se alejaba más y caía poseído por un horizonte que parecía atraerlo. En el fondo, dos barcos enormes y uno con el estandarte de la Armada real acercándose poco a poco. Las habladurías no eran pocas, algunos hablaban del infortunio que sufriría el Imperio, otros de la inconcistencia del poder Real mientras que, la mayoría, sólo se limitaba a contemplar los navíos que resaltaban en el horizonte.
-¡Oh! ¿qué tenemos aquí? un pequeño y su bella madre. Seguramente están buscando algún libro de hechicería defensiva, sin dudas tengo cosas que pueden serles de utilidad- dijo un comerciante que se acercaba al muelle.
Mi madre respondió con un silencio perturbador. Yo no entendía bien a lo que se refería, pero decidí dejarme llevar por el silencio de mi madre y no por la elocuencia de aquél hombre. Pasaron algunos largos minutos y mientras la muchedumbre se acercaba más y más al muelle, los barcos empezaron a ubicarse para que bajen los tripulantes.
-¡Osi!, ¡Osi!.- gritó una voz afónica. Era mi padre.
-Por fin, hemos llegado a tierra firme. Osi, estás enorme, enorme. -repitió.
Mientras cada uno bajaba del barco, un hombre de orejas puntiagudas y cabello rubio con una gran capa azul divulgaba las últimas novedades en lo acontecido dentro del Imperio. Miré haciéndome el desentendido pero prestando atención llegué a escuchar lo que decía. Eran cifras económicas, estadísticas militares de muertes y reclutamiento y algunos acontecimientos bélicos; nada del otro mundo. Mientras en la ciudad había más murmullo que nunca, ventas, compras y encuentros entre familiares, mi padre hacía sus últimos deberes protocolares que lo dejarían, al menos durante los próximos tres días, libre de obligaciones.
Al llegar nuevamente a casa, oí a mi madre contarle algo casi en secreto a mi padre, por lo que supuse que estarían hablando de lo acontecido durante su ausencia. Luego de saludos, risas y chismes y ya preparados para cenar, noté en mi padre una mirada peculiar como de inexcusabilidad.
-Osi, es dificil mirarte... a veces creo que cuando te miro, lees mis ojos y deduces qué estoy pensando.- Expresó mi padre con una sinceridad más que llamativa.
-Al parecer no quedan dudas de que soy tu hijo.- Dije con tono irónico y alegre.
-Supongo que tantas cosas que has escuchado te tendrán algo confundido. Y es que, desde pequeño que vives en esta ciudad y no has salido de ella.- Dijo esta vez con tono serio y con, al parecer, ganas de continuar la charla.
-Es que, padre, con tantos peligros acechando...- Respondí con tono de ingenuidad esperando algún tipo de monólogo de parte de mi padre, o de su esposa que no quitaba su vista de encima.
-¿Tienes miedo?- Preguntó, entendiendo mi estrategia para extraerle información.
-Creí que había quedado claro que era tu hijo...- Dije, con algo de cautela.
Mi padre sonrió.
-Estoy cansado y tu has tenido demasiado por hoy. Mañana me vas a acompañar en unas cosas que tengo que hacer.- Dejó de hablar, agachó su cabeza y comenzó a rezar ante su plato lleno de comida.
¿A qué se había referido?. La ansiedad es siempre una debilidad, pero no iba a dejarme ganar.
Luego de la cena, ya en mi cuarto y con toda la incertidumbre, tomé mi laúd y dejé que mi corazón se exprese, y para deleite de mis oídos, mis ojos se cerraron poco a poco.



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