Hernan Ezequiel Gomez y Mauricio Ezequiel Cañete
*Inquietante como un crepúsculo cegador, la lluvia danzaba y se postraba sobre la tierra muerta de Grecia. Situado allí, sin mas amparo que el del propio cielo, sin mas cobijo que el que sus desgastadas y viejas ropas podían ofrecerle, un hidalgo victimario de su propio desconsuelo dejaba sus pies desplazarse entre los húmedas y grotescas figuras de fango y roca, impuslado unicamente por el suave sisear del viento de la noche que ronroneaba entre sus cabellos largos y grisaceos. Miro al cielo, quizas con la esperanza de encontrar en las estrellas la respuesta a ese enigma eterno que en su corazon se arraigaba. Aquel que había tratado sin exito de arrancar de su ser. Aquel vago sentimiento de debilidad que lleva a los hombres al mas profundo de los letargos...El Amor
Se dejó caer, victima de un cansancio enteramente emocional, vencido por el propio sub-conciente. Y se sumergió, casi al instante, en un sueño profundo en el que su mente pudo verla con claridad. En ese momento, ni el cielo, ni las estrellas, ni la noche, ni el propio corazón tenían la respuesta que buscaba. Pues el solo hecho de pensar en aquella dama a quien había entregado su alma lo hacía perderse en el eterno laberinto de emociones del que había tratado de escapar durante toda su vida. Aquella mujer, poseedora de una belleza incomparable, bendecida con la delicadez propia de los petalos de la mas hermosa rosa, una mujer de una mirada tan profunda y relajante como una tarde de primavera, tan misteriosa como la noche estrellada que le contemblaba en ese instante... Tan mujer, que ese extraño y hermoso sentimiento se arraigaba dentro de si, volvía a renacer en era roca gélida, desgastada y marchita que yacía inerte en su pecho y se hacía llamar corazón.
Y cada vez que el miedo llegaba a su letargo solitario, bastaba solo con un simple pensamiento, una frase, un abrazo, una mirada, para devolverle la calma. No había pesadilla que no se tornara hermosa y placentera cuanso ella entraba en su mente, porque aquel hombre recostado sobre el fango, bajo la lluvia, desprotegido y solo, la amaba hasta el punto de entregarle todo cuanto poseía y aun más. Porque la vida sin ella era una eterna pesadilla, porque no le importaba vivir siquiera un día de su miserable vida si ella no estaba a su lado. Simplemente - Aunque no tan simple- Ella era todo lo que amaba, buscaba, esperaba, soñaba, vivía. Ella era él. El era ella. Todo era parte de un sueño inmortal y hermoso, por sobre todo, repleto de felicidad.
Entonces se encontró -o se dejó encontrar- contemplando la misteriosa magia que le revelaba la noche y sus destellantes luceros, que descubrían ante sus ojos la sabiduría propia del correr del tiempo, del destino, del azar, de la vida y todo lo que ella significaba. Sintió entonces, un escalofrío que le llenó de nada y, a su vez, de todo. Pudo sentir el miedo, el amor, pudo sentir el frío, pudo sentir el hambre, pudo sentirse inmensamente feliz, pudo verse triste, solo, acompañado. Finalmente, dibujada en su mente o quizas hasta en el cielo mismo, la vió. Ella lo observaba, le sonreía y lo llenaba de calidez. Entendió así, que no podia comprenderlo, que no entendía nada y que no le importaba hacerlo. Que con solo una mirada suya era suficiente para callar todas sus dudas, que no importaba comprender el amor, porque el amor no quiere ser comprendido, el amor es aquel sentimiento tan simple y tan complejo, que puede sumergir al hombre en el mas profundo de los letargos, si. Pero allí, bajo la lluvia, desprotegido, desamparado y solo, Aquel hombre - Sin comprenderlo- lo poseía todo. *